La luna es musa de
los trasnochadores, bohemios y amantes de la silenciosa oscuridad con su
relativa paz, que solo suele romper el canto de los grillos que han migrado de
los bosques a los jardines de las ciudad, para irrumpir en la soporífera abulia
del desencanto y vacunar de ilusiones los pensamientos más grises, más comunes…
con ella como matrioska que devela algo nuevo en cada luminosa motita sobre
mares cobaltos.
Es la diosa del
lobo que le canta en un ritual de lealtad para arropar y conducir a su manada
bajo el influjo de la luz que emite dejando rastros de lucidez poco común en el
instinto de los humanos, pero de sabio conocimiento instintivo en ellos.
Es el satélite que
milenios ha velado por nosotros, filtrándose en el más surrealista de los
momentos que vivimos y desde luego, en el viaje onírico de los realistas que se
rinden a su mágica seducción, porque saben que por más satélites que viajen al
espacio para competir con ella, no tienen su capacidad porque ella nunca
descansa de nosotros y nosotros sí cuando vela por todos. No tiene el don de la
omnipresencia pero sí la claridad de su milenario testimonio.
Normalmente
acostumbra vivir de noche, pero procura siempre esperar al alba para conversar
con ella y darle los pormenores del contrabando de amorosos que suelen no pagar
derechos por amarse sin más reglas que las que ellos mismos se imponen en el
juego clandestino de Eros.
El día de la
crucifixión no pudiste ver el cuerpo yerto de Jesús en el monte del Calvario,
pero lloraste su pérdida y deseaste estar del lado del oeste para mostrarle tus
respetos. Cuando el sol se apagó, emergiste con tu plenitud de miel: un
homenaje al humano divino que, cientos de años después, habita en el templo de cada
alma, incluso en aquellas que no lo saben.
La luna tiene la
fidelidad de los poetas, los pintores, los trovadores… que se rinden
atolondrados de sensibilidad ante la lucidez de su belleza; la lealtad de la
traición a la objetividad de su gracia versus el lirismo rebosante de lucidez simbólica;
la intrepidez de saberse observada por toda humanidad posible y no perder un
gramo de humildad por ello.
Como leí en un
poema de los tantos que tengo en mis imágenes de poder, podría tomarla a cucharadas como sugiere S, sentir su sabor, saborearla como una
oblea en mi primera comunión planetaria pensando en lo maravilloso de mirarla, y
en el mirar ser parte de ella, pisar con los pies de la imaginación su ser y su
semilla.
Y así podría tirar, crear, elucubrar o divagar sobre tu savia, sobre tu soberanía porque no me alcanzaría la imaginación ni la vida para explorar el arcano de tus lúdicos misterios y como capas de cebolla prefiero saborearte poco a poco.
© Amarante M Matus
