jueves, 18 de junio de 2026

A quien corresponda


Primavera del 26/otoño del 24

A quien corresponda:

Me dirijo a un destinatario, permítaseme llamarlo de momento así, colectivo, justo como si se tratase de un sustantivo con, probablemente, decenas de adjetivos.

Termina un ciclo y miren que la vida es un cúmulo de ciclos, de vueltas al sol como pequeños planetas en la vía láctea del lugar por donde deambulamos por corto tiempo. Topándonos con astros, asteroides, estrellas, hoyos negros, satélites y otras tantas galaxias que se marchitan como se marchita una rosa cuando la desprendemos de la tierra para regalar un poco a la otredad que hay en nosotros, y si bien nos va, permanecemos por un tiempo en el que nos vamos tornando eternos en el portal de los ciclos que gravitan cerca de nosotros.

Hará una dos semanas, me enteré de su proyecto, su tarea, su producto cuasi final… y me pareció tan buena idea que quise sumarme a ustedes, mimetizarme un poco de su entrega. Pensé que si ustedes iban a profanar el silencio epistolar dirigiéndose a la autoridad, yo debía hacer lo propio desde mi trinchera y mi más absoluta subjetividad. Lo hago desde la comunidad de los afectos, los sentires e incluso desde los hermosos desencuentros que nos hacen humanos. En esta Comunidad, ese agregado de seres en el que juntos aprendemos cosas y la mayoría de los casos, no siempre, pero si continuamente, esos aprendizajes nos llenan de algo más que el recuerdo de un nombre —que contra nuestra voluntad a veces es evanescente pero evocador—  de un algo… de un alguien.

Hoy son tres años más jóvenes y uno tres años más añejo; unos tres más lozanos y otros más marchitos; unos tres ciclos más floreciendo y otros tres más, como exploradores del alma, encontrando energía en la ajena de aquellos que nos exigen y nos demandan.

En este breve estar de, ¿70 metros cuadrados?, se gestó el presente de nuestro futuro, o no sé si decir: se gestó una parte, pero sólo una parte. Les digo algo, es muy grato ser un testigo de su proceso y además, ha sido un privilegio coincidir en salones, pasillos y patios; en instantes de divertida charla o por qué no, de complicidad oratoria…

No sé si los voy a extrañar o los voy a recordar; si a veces los voy a imaginar o me los voy a topar procurando reconocer a ese alumno con quien solía conversar; si serán parte de la vitalidad en un salón durante el rosario de anécdotas o esa llama leve que no se extingue y me acompañara en los momentos que necesite salir de mi propia oscuridad… en realidad no sé si lo que a continuación relato es certero o retórica de la emoción, pero lo que si sé es que así los tendré presentes:

La seguridad de tus lecturas, tus conocimientos y su traducción en algo más que solo ejercicios, y… la confianza de alguna confidencia familiar depositada en las formas de nombrar con afecto.

La sinceridad de la ternura en tus manos, en tu mirar y en ciertos arrebatos en donde aparecía ese gesto en formas de sutiles abrazos u oratoria de viva espontaneidad, más vital que nunca en el lenguaje.

La seriedad de tus razonamientos, la prolijidad de tu vena creativa, así como tus inquietudes intelectuales e ideológicas, que significaron siempre un reto.

La rebeldía en algunos de tus silencios y el ímpetu deportivo en cada oportunidad de mostrarte y hacerte presente.

La alegría cuando elegías ciertas palabras, ciertos gestos para nombrarme o cuando me sorprendías caminando para llegar al colegio con un abrazo que una o dos veces me hizo pegar un brinco por la sorpresa.

Lo extremo de tus prendas en el verano y tus razonamientos para defender tu derecho al estado del tiempo. Así como la misma y patente calidez en tus trabajos, serán un recuerdo imborrable.

La estética de tu palidez lunar matizando tus ocupaciones y preocupaciones a la hora de probarte y probar tus habilidades y tus aprendizajes y también la serenidad en júbilo de tu discreto sonreír.

Las locuras de tu cordura tocada por la varita mágica de sentido del humor acompañado por la corriente, la energía de tu lenguaje no verbal. Locura dando sentido a la cordura y la seguridad de plantearte un futuro.

La sobriedad en algunos de tus rasgos que definieron un franco liderazgo en la retaguardia de tu cuarto regimiento. Quizás el más leal que he conocido en estos años.

Las travesuras que camuflan la mirada de tu rostro que va del blues al country, de la vivacidad del rock al oleo de tus ojos.

La caballerosidad de tu adolescencia tan poco común en los adolescentes caballeros que no necesitan de un Rocinante, ni un Sancho… porque tu aura se basta así misma para brillar incluso en las tardes del verano.

La energía que destilabas y rebosabas durante los recesos y en los pequeños torneos. El vigor de quien porfía porque sabe que muchas de las metas que se tienen, son muy claras.

La paz y la serenidad de tus palabras cuando me compartías tus adivinanzas o tus aventuras como extraídas del películas de acción o de alguna serie distópica… historias tan vivas y plenas manifestándose en cada una de tus introvertidas expresiones.

Los trazos, las formas, la línea y el color con que acompañas, lúdicamente tu estar, tu ser, con cualquier elemento gráfico que se mezcle con el compromiso y tu empeño.

La vivacidad solar de tus brackets que perecieron en tus meditaciones para dar paso a la alegría del marfil en tu sonrisa de crisálida próxima a volar. A veces fijando la mirada mientras meditas una solicitud, una pregunta o una respuesta.

El ángel que aparece para llenar tus espacios de silencio que no aprendí a descifrar, pero nos compartía algo de su tímida intimidad en las líneas de tu mirada.

La lúdica energía que te caracterizaba en el ecosistema escolar con un aire de retadora coquetería y rebelde simpatía. Tu diminutivo para nombrar.

Las motitas de amaranto y alegrías que le dan un matiz de arcoíris a tu tímida sonrisa, aun sin la mezcla de la luz y la lluvia sobre la comisura de los labios.

La tranquilidad de tu ser directamente proporcional a la potencia de tu nombre, no importando cuántas veces lo repitiera como gran admirador de los personajes históricos que soy, cuando te miraba con el cuaderno en un atril y la pluma en el otro, con un claro aire de emperador del aula.

La seriedad en el compromiso de cada tarea, actividad, o dinámica solicitada. Una seriedad poco común con un matiz de singular satisfacción en el cumplimiento de la entrega, con un notable siempre caracterizándote.

Ese suspenso de colibrí en el alma de los falanges que iba venía para codificar y decodificar un singular saludo.

Y así los miércoles, pasado el meridiano, cuando el salón de clases se tornaba en un aula donde oscilaban prefijos acompañando a la vivencia y la existencia, o donde pocas veces no hubo un desfile de vocales sino un tímido baile de algoritmos y biorritmos seglares.

Dicho todo lo anterior, les comparto mi radiografía de ustedes —y me faltaron los que me recuerdan a pintores; las románticas y las rebeldes; a quienes migraron a la República de Pestalozzi y a los que se fueron antes de este otoño—  Y mi cuadro no pretende pasar por una evaluación, sino como la prueba de que las palabras salvan y transforman la burocracia en memoria. Ahora les toca a ustedes tomar la pluma y transcribir su propia verdad, con sus afinidades o sus distancias, en esa otra hoja que los espera.

Atentamente

El profe Chalo