Primavera del 26/otoño del 24
A quien corresponda:
Me dirijo a un destinatario, permítaseme llamarlo de momento
así, colectivo, justo como si se tratase de un sustantivo con, probablemente, decenas
de adjetivos.
Termina un ciclo y miren que la vida es un cúmulo de ciclos, de
vueltas al sol como pequeños planetas en la vía láctea del lugar por donde
deambulamos por corto tiempo. Topándonos con astros, asteroides, estrellas,
hoyos negros, satélites y otras tantas galaxias que se marchitan como se
marchita una rosa cuando la desprendemos de la tierra para regalar un poco a la
otredad que hay en nosotros, y si bien nos va, permanecemos por un tiempo en el
que nos vamos tornando eternos en el portal de los ciclos que gravitan cerca de
nosotros.
Hará una dos semanas, me enteré de su proyecto, su tarea, su
producto cuasi final… y me pareció tan buena idea que quise sumarme a ustedes,
mimetizarme un poco de su entrega. Pensé que si ustedes iban a profanar el
silencio epistolar dirigiéndose a la autoridad, yo debía hacer lo propio desde
mi trinchera y mi más absoluta subjetividad. Lo hago desde la comunidad de los
afectos, los sentires e incluso desde los hermosos desencuentros que nos hacen
humanos. En esta Comunidad, ese agregado de seres en el que juntos aprendemos
cosas y la mayoría de los casos, no siempre, pero si continuamente, esos
aprendizajes nos llenan de algo más que el recuerdo de un nombre —que contra
nuestra voluntad a veces es evanescente pero evocador— de un algo… de un alguien.
Hoy son tres años más jóvenes y uno tres años más añejo; unos
tres más lozanos y otros más marchitos; unos tres ciclos más floreciendo y
otros tres más, como exploradores del alma, encontrando energía en la ajena de
aquellos que nos exigen y nos demandan.
En este breve estar de, ¿70 metros cuadrados?, se gestó el
presente de nuestro futuro, o no sé si decir: se gestó una parte, pero sólo una
parte. Les digo algo, es muy grato ser un testigo de su proceso y además, ha
sido un privilegio coincidir en salones, pasillos y patios; en instantes de
divertida charla o por qué no, de complicidad oratoria…
No sé si los voy a extrañar o los voy a recordar; si a veces los
voy a imaginar o me los voy a topar procurando reconocer a ese alumno con quien
solía conversar; si serán parte de la vitalidad en un salón durante el rosario
de anécdotas o esa llama leve que no se extingue y me acompañara en los
momentos que necesite salir de mi propia oscuridad… en realidad no sé si lo que
a continuación relato es certero o retórica de la emoción, pero lo que si sé es
que así los tendré presentes:
La
seguridad de tus lecturas, tus conocimientos y su traducción en algo más que
solo ejercicios, y… la confianza de alguna confidencia familiar depositada en
las formas de nombrar con afecto.
La
sinceridad de la ternura en tus manos, en tu mirar y en ciertos arrebatos en
donde aparecía ese gesto en formas de sutiles abrazos u oratoria de viva
espontaneidad, más vital que nunca en el lenguaje.
La seriedad
de tus razonamientos, la prolijidad de tu vena creativa, así como tus inquietudes
intelectuales e ideológicas, que significaron siempre un reto.
La rebeldía
en algunos de tus silencios y el ímpetu deportivo en cada oportunidad de
mostrarte y hacerte presente.
La alegría
cuando elegías ciertas palabras, ciertos gestos para nombrarme o cuando me
sorprendías caminando para llegar al colegio con un abrazo que una o dos veces
me hizo pegar un brinco por la sorpresa.
Lo extremo
de tus prendas en el verano y tus razonamientos para defender tu derecho al
estado del tiempo. Así como la misma y patente calidez en tus trabajos, serán
un recuerdo imborrable.
La estética
de tu palidez lunar matizando tus ocupaciones y preocupaciones a la hora de
probarte y probar tus habilidades y tus aprendizajes y también la serenidad en
júbilo de tu discreto sonreír.
Las locuras
de tu cordura tocada por la varita mágica de sentido del humor acompañado por
la corriente, la energía de tu lenguaje no verbal. Locura dando sentido a la
cordura y la seguridad de plantearte un futuro.
La
sobriedad en algunos de tus rasgos que definieron un franco liderazgo en la
retaguardia de tu cuarto regimiento. Quizás el más leal que he conocido en
estos años.
Las
travesuras que camuflan la mirada de tu rostro que va del blues al country, de
la vivacidad del rock al oleo de tus ojos.
La
caballerosidad de tu adolescencia tan poco común en los adolescentes caballeros
que no necesitan de un Rocinante, ni un Sancho… porque tu aura se basta así
misma para brillar incluso en las tardes del verano.
La energía
que destilabas y rebosabas durante los recesos y en los pequeños torneos. El
vigor de quien porfía porque sabe que muchas de las metas que se tienen, son
muy claras.
La paz y la
serenidad de tus palabras cuando me compartías tus adivinanzas o tus aventuras
como extraídas del películas de acción o de alguna serie distópica… historias
tan vivas y plenas manifestándose en cada una de tus introvertidas expresiones.
Los trazos,
las formas, la línea y el color con que acompañas, lúdicamente tu estar, tu
ser, con cualquier elemento gráfico que se mezcle con el compromiso y tu
empeño.
La
vivacidad solar de tus brackets que perecieron en tus meditaciones para dar
paso a la alegría del marfil en tu sonrisa de crisálida próxima a volar. A
veces fijando la mirada mientras meditas una solicitud, una pregunta o una
respuesta.
El ángel
que aparece para llenar tus espacios de silencio que no aprendí a descifrar,
pero nos compartía algo de su tímida intimidad en las líneas de tu mirada.
La lúdica
energía que te caracterizaba en el ecosistema escolar con un aire de retadora
coquetería y rebelde simpatía. Tu diminutivo para nombrar.
Las motitas
de amaranto y alegrías que le dan un matiz de arcoíris a tu tímida sonrisa, aun
sin la mezcla de la luz y la lluvia sobre la comisura de los labios.
La
tranquilidad de tu ser directamente proporcional a la potencia de tu nombre, no
importando cuántas veces lo repitiera como gran admirador de los personajes
históricos que soy, cuando te miraba con el cuaderno en un atril y la pluma en
el otro, con un claro aire de emperador del aula.
La seriedad
en el compromiso de cada tarea, actividad, o dinámica solicitada. Una seriedad
poco común con un matiz de singular satisfacción en el cumplimiento de la
entrega, con un notable siempre caracterizándote.
Ese
suspenso de colibrí en el alma de los falanges que iba venía para codificar y
decodificar un singular saludo.
Y así los miércoles, pasado el meridiano, cuando el salón de
clases se tornaba en un aula donde oscilaban prefijos acompañando a la vivencia
y la existencia, o donde pocas veces no hubo un desfile de vocales sino un
tímido baile de algoritmos y biorritmos seglares.
Dicho todo lo anterior, les comparto mi radiografía de ustedes
—y me faltaron los que me recuerdan a pintores; las románticas y las rebeldes;
a quienes migraron a la República de Pestalozzi y a los que se fueron antes de
este otoño— Y mi cuadro no pretende
pasar por una evaluación, sino como la prueba de que las palabras salvan y
transforman la burocracia en memoria. Ahora les toca a ustedes tomar la pluma y
transcribir su propia verdad, con sus afinidades o sus distancias, en esa otra
hoja que los espera.
Atentamente
El profe Chalo
