jueves, 31 de octubre de 2013

La analogía del trovador y el juglar: 31 de octubre 2013


Nuestros muertos

No pesa tanto el tiempo al hacerse viejo, como las pérdidas de seres amados en el natural decurso de ir sobreviviéndoles.

Las sonrisas y sus abrazos, sus palabras y los besos, los gestos y sus miradas… cada huella viva, hoy es recuerdo. Siguen con nosotros porque moran en nosotros. Los domingos en familia ahora son un día; el día donde la mesa es una tumba y los alimentos se comparten aunque no haya cubiertos para ellos. El día que la conversación es con ellos, rodeados de extraños que tienen en común algo con sus vecinos: la atenta escucha y con la correspondiente, silenciosa  respuesta. El día que la primavera llega a sus tumbas y tiende sabanas pintadas de amarillo primordialmente. El día que los floreros se distinguen por tanto color en ellos, dejando de ser esos breves pozos desiertos.

La primera vez que la muerte tocó mi alma fue una mañana previo aviso durante la madrugada. Salí del hospital por un refresco ¿Dónde iba encontrar un lugar abierto a esa hora? En la avenida juro que vi una marquesina que decía “Farmacia”. Cuando corrí hacia ella ¡Cuál va siendo mi sorpresa al percatarme que en realidad se trataba de una funeraria! Ya se cumplieron, el 11 de este mes, 14 años de ese instante. Un presagio, que me perdoné con los años, que seguramente nunca voy a olvidar.

Por los médanos blancos

Recuerdo que conversaba con mi madre, sonó el teléfono y ella tomó la llamada, me miro con un pequeño sobresalto y tristeza en los ojos. Adiviné su preocupación. Un mes antes, finales de septiembre, había visto a Ely. No lucía bien pero nunca imagine que después de aquel día, jamás volvería a disfrutar de su compañía. Mi hermana fue la primera en recibir la noticia de su pérdida, su familia no tuvo ánimo para darme la noticia y solicitó el apoyo de la mía. Me puse una chamarra y fui a despedirme de su inolvidable alegría un 29 de octubre hace 8 años.

Romance del enamorado y la muerte

La madrugada del 29 de enero 2006 tomé la mano de mi madre acercándome a su oído. Con la entereza que me heredó y la fortaleza que me pudo transmitir, le suplique que dejara de luchar. Le dije que podía irse en paz. Minutos después dejó de respirar tras muchas horas de agonía. Me escuchó, se fue tranquila. Sé que un día nos vamos a reunir nuevamente, de momento sigue viva porque sus hijos, nietos y bisnietos le honran con su vida.

Canto a la muerte

Me despido, agradecido porque mañana será un día más de cumplirse algo muy parecido al eterno retorno del ciclo: la vida que una vez al año conmemora la vida de quienes ya nacieron a otra vida.



* Las imágenes para esta entrada son de Andre Kohn.
** La ofrenda es de mi querida amiga Rosa María.