viernes, 14 de junio de 2013

El poder de una sonrisa




La tarde era como todas las últimas tardes de los últimos años. Un desperfecto en la bolsa del pantalón por donde se fugaron las únicas monedas que traía para pagar la combi a casa fue la casualidad que trajo algo de novedad a su vida. Tenía que hacer el camino a pie.

Caminaba distraído y el olor de aquella arrachera asándose en el anafre multiplicando sus esencias con el humo, un canto de sirena, lo guio dócilmente hasta ocupar una mesa libre en aquella hostería.  Una muchacha con brackets lo atendió.  Ella tenía la calidez del sol y la lozanía que hacía tiempo le había abandonado. Le pareció ver a la Gioconda cuando sonriéndole le tomó la orden.

Había terminado de disfrutar la carne y se disponía al postre cuando ese Da Vinci animado se sentó unos minutos justo frente a él. Mientras degustaba su gelatina, sin saberlo, conseguía matar las desilusiones y con ellas, los rituales que le confinaban a las gélidas murallas de su hogar en aquella mirada.

Se levantó y acercándose le dio las gracias. Ella le despidió con una sonrisa que centrifugó la luz de la tarde en los corales ocultos tras sus labios.

Regresó una semana completa a la pequeña fonda pero ya no encontró a la chica y su consabida timidez le impidió preguntar por la muchacha de sonrisa sencilla. Después de completar el séptimo día, su vida ya no fue la misma... por fin salió de aquel vacío que ya tenía  tiempo de estarlo acompañando.


 © Amarante M Matus 2013