viernes, 29 de marzo de 2013

Mis canicas






Hay un pequeño rincón de mi cueva donde la oscuridad deja de ser tal gracias a una familia, de las muchas que hoy la habitan: mis canicas las agüitas. Todavía intento adivinar cómo es que ellas y varios inquilinos más han llegado hasta ahí. Hasta dónde mis recuerdos alcanzan nunca las traje conmigo, ni para jugar ni para que se paseen por ella. Creo un día, que seguramente estaba muy agotado, me siguieron, me conocen bien, adivinaban que habría días que no sólo las extrañaría sino las necesitaría y me ayudarían como invariablemente lo han hecho. Y así sucede con algunos convidados más que han llegado hasta la paz de mi escondite.

El asunto es que su intuición es buena. Ellas saben justo el momento que más requiero me regalen de sus entrañables y vagabundos colores. Cuando acechan a la entrada suelo patinar ¡Ese es nuestro código! Patino sobre ellas y van encendiéndose conforme avanzo. La luz empieza a correr desde mis pies haciendo traslucir mis extremidades como si fueran mis viejos pantalones muy desgastados, lustrados por el uso. Sutilmente, dejan ver algo de su contenido como radiografía que intenta localizar alguna lesión. El pudor se pierde en ese lento viaje y la timidez se cuelga de él, ambos van por un helado a la nevera o en otras ocasiones se pierden por algún recodo de esa cueva que misteriosamente crece.

Tenues y pardas luces me hacen cosquillas en las plantas del pie. Luego súbitamente intensos ocres suben y se detienen abruptamente en el pecho. Matices jades se encienden. Es entonces cuando puedo inclinar la cabeza y miro a mi corazón reír felizmente porque en ese baño de luz de mis agüitas ha recuperado su alegría; en ese baño de colorido ha rescatado la vida que irresponsablemente había confiado a otra. Lentamente siento como me voy apagando y la luz que se cuela por mi ventana me dice que ya debo ir preparando el baño.

Otro día ha llegado.